El pasado viernes, día
8 de Noviembre de 2013, asistí a un espectáculo literario prodigioso. Y digo
prodigioso porque no se trató de una situación baladí. A las siete y media de
la tarde estaba convocado el público para la firma de libros del escritor
norteamericano Patrick Rothfuss, autor de El
nombre del viento y El temor de un
hombre sabio.
Yo tenía un par de
horas libres antes de resolver un asunto familiar (recoger a mi sobrino del
Conservatorio, para ser más exactos), así que me acerqué a ver el ambiente
literario que, a buen seguro, se iba a desplegar.
Llegué a la calle
Preciados a las seis de la tarde y lo que vi ya me emocionó: miles de personas
aguardaban cola bordeando el ancho edificio de la Fnac en Callao. La mayoría
eran jóvenes. Mayoría, sí, y muy jóvenes. Todos esperando con paciencia y
jolgorio a que viniera su ídolo. ¿Era un cantante de moda, un actor? No, era un
escritor. Un autor de libros de fantasía bien escritos, aunque a mí me chirríe
un poco la comparación con Tolkien que ya se lee por ahí.
Di varias veces la
vuelta a la manzana tratando de absorber con la mirada cada detalle.
Y en el momento en el
que volvía a situarme ante la puerta principal, sucedió.
Un tumulto, una
algarabía indescriptible comenzó a retumbar por toda la calle. El murmullo
procedía de la Gran Vía, pero no por el lado de la Plaza de Callao, sino por el
margen trasero de la Fnac. Gritos, jaleos… ¿Qué pasaba? ¿Los cantantes de un
concierto cercano? ¿La presentación de una película en uno de los cines de Gran
Vía? Que nooooo, pesada, que era un escritor…
Fue todo tan deprisa
que ni siquiera tuve tiempo para sacar mi móvil y recoger el instante. Ahora me
arrepiento, de hecho, me arrepentí en el mismo momento, consciente de lo que
estaban viendo mis ojos. Pero hubiera sido perder unos segundos preciosos y
preferí disfrutarlos en vivo. Ni siquiera creo que me hubiera dado tiempo a
otra cosa.
Rodeado por dos mujeres
y un hombre, pero perfectamente accesible a todos, avanzaba a paso rápido un
hombre grueso, con una barba muy poblada y ya cana; un poco más maduro que las
fotos a las que nos tiene acostumbrados Google. Vestía unos pantalones anchos y
una camiseta verde de manga corta (a pesar del frío) y llevaba en su mano
derecha un móvil con el que iba grabando a la multitud que le aclamaba. Se le
veía emocionado por el recibimiento. Los jóvenes le aplaudían, le jaleaban, se
ponían delante para salir en una foto que ellos mismos se hacían a la carrera, que
disparaban con sus propios teléfonos… Una locura.
Rothfuss entró en la
Fnac ante el desorden y la alegría del público, que alzaba los libros que esperaban ver firmados como un trofeo.
Salió entonces del
edificio un hombre trajeado que anunció a la gente de la cola, ante la
desesperación de muchos, que, por razones de tiempo, el autor solo firmaría un
ejemplar. Uno solo. ¿Cuántos escritores no darían lo que fuera por estar ante
un público tan numeroso y poder firmar varias ejemplares a cada uno? Pero tal
afluencia lo hacía imposible.
Faltaba aún hora y
media para que aquella gente pudiera comenzar a pasar y seguía llegando más
público. Dentro, decenas de jóvenes, buceaban por los estantes de la librería
mirando novedades y sus autores de moda.
Aquel espectáculo, con
el que todos nos tenemos que congratular,
ya que es, en suma, el triunfo de la literatura, me hizo replantearme
varios mitos demasiado arraigados actualmente en el mundo de la cultura:
1. Los libros no
interesan. Mentira. Muchos libros, sí. Muchísimos. Libros buenos y con buena
promoción, interesan y llegan.
2. Los jóvenes no leen.
Mentira. Claro que leen. Y buscan tener de referencia a autores, libros y
personajes favoritos. Ha sido así toda la vida y sigue siendo, aunque ahora ese
amor se comparta con videojuegos.
3. Solo leen las chicas.
Mentira. El 60% de los jóvenes que esperaban a Rothfuss eran varones de todas
las edades. Otra cosas es que existan géneros preferidos por uno y otro sexo. Aunque
tampoco tengo esto demasiado claro.
Es cierto que el
público de los libros de fantasía es muy fiel, pero muchos, muchísimos de esos
chicos del viernes también leen novela de terror, y negra, histórica, etc. Y los
que no lo hacen aún, lo terminarán haciendo el día que sientan que deben abrir
sus mentes a otros mundos.
Pero para no perder a
esa cantera de lectores hay que incentivarles en la lectura futura, y hacerlo
desde que son muy niños. Esa es una tarea que ha de afrontarse conjuntamente en
varios frentes: casa, escuela, Estado. Si no lo hacemos, estaremos fracasando y
de nada valdrán las quejas (que vendrán, y por parte de todos: padres, maestros,
mercado).
Alguien podría decirme
que el caso de Patrick Rothfuss es una excepción; una gota de agua en un
océano. Pues bien, antes de seguir perpetuando mitos, aprendamos de la experiencia Rothfuss y establezcamos estrategias de futuro: ¡busquemos las fórmulas
para crear mares y océanos!

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